Comentario Homilético
“Nuestro perdón está asegurado, si perdonamos al Hermano”
Mt 18,21-35
Pbro. Jorge Armando CASTILLO ELIZONDO
Hermanos, retomamos nuestra meditación sobre el Evangelio de san Mateo, cuyos discursos ahora se han centrado sobre las cualidades interiores del discípulo que desea participar del Reino de Dios. Domingo anterior meditábamos sobre la importancia de ser corresponsables en el bien de nuestros hermanos, mediante la corrección. El cristiano debe preocuparse de las situaciones de peligro y maldad que sufre el hermano para ayudarle a liberarse y salvarse. Si guardamos silencio ante el error, el pecado y el mal de los demás, seremos responsables delante de Dios de no haber ayudado cuando todavía había tiempo. Hoy meditamos sobre algo mucho más profundo: ¿cómo debo reaccionar frente al mal que ese hermano comete contra mí?, ¿debo perdonar? y ¿cuál es la motivación? El Evangelio nos presentará no solo la manera de soportar o enfrentar las ofensas, sino también la manera de actuar frente al hermano que nos ofende.
En este mundo, para proporcionarnos bienes, trabajamos, nos esforzamos y luchamos todos los días. Pero en ocasiones, las vicisitudes de la vida nos ponen en situaciones difíciles en las que tenemos que recurrir a los demás para pedir ayuda. Siempre habrá quien tenga más que yo, y siempre habrá quien tenga menos que yo. Pedir ayuda, un préstamo o un favor nos hace deudores frente a aquella persona que sabemos nos puede auxiliar. Todo hombre necesitado piensa en poder, en su momento, saldar sus deudas y poder liberarse de su compromiso. Lamentablemente, estas situaciones son vistas, de parte de quién ha hecho el favor, como una ocasión para aprovecharse y enriquecerse. Lucrar con el sufrimiento y la pobreza de los demás es un grave pecado. Cuantas personas han perdido todo, incluso su dignidad al verse imposibilitados para saldar sus deudas. En este sentido, la vida, el tiempo y Dios, pondrán en su lugar a cada uno y considero que tenemos todavía mucho que reflexionar sobre este punto.
Sin duda, entramos en un tema difícil, donde entra en juego la moral, justicia, la misericordia, la verdad, etc., sobre todo, porque por encima de todas las leyes y justificaciones, está en juego la vida de una persona, que es más valiosa que los bienes materiales y las propias deudas, por eso, la compasión tiene un papel importantísimo.
En nuestra vida no solo tenemos deudas económicas o materiales, sino también deudas morales y hasta espirituales. Si decimos no tener deudas en este mundo, basta pensar en todo lo que, por gracia de Dios, hemos recibido: la vida, la salud, una inteligencia, una familia, bienes materiales, cualidades interiores, etc., decía en una ocasión san Pablo a los Corintios: “¿Qué tienes que no hayas recibido, y, si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?” (1Cor 4,7). También el pecado, al momento de ser una ofensa a los demás y hacia Dios, es también una deuda, porque hemos fallado al amor y a la fidelidad de Dios. Cuando pecamos y ofendemos a Dios debemos regresar a Él pidiendo misericordia y perdón. Así comprendemos el ejemplo que Jesús dijo a sus discípulos, al momento de hablarles sobre la importancia de perdonar al hermano, no solo siete veces, sino hasta setenta veces siete, es decir, ¡siempre!
Todos tenemos experiencia de lo difícil que es pedir perdón y, sobre todo, perdonar. Nos cuesta tanto, porque las ofensas han herido en profundidad el corazón y la vida, pero debemos hacer todo lo que esté en nuestras posibilidades para sanar; dice el Eclesiástico: “Piensa en tu final y deja ya de odiar, Recuerda la corrupción y la muerte y sé fiel a los mandamientos. Recuerda los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo, recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa” (Ecl 28,6-7). El texto del Eclesiástico insiste en recordar, y no solo recordar que hemos fallado, sino recordar la ley de Dios, su palabra, sus mandamientos y sus promesas. Quien tiene claro en la memoria la palabra de Dios será capaz, inmediatamente, de perdonar y de pasar por alto las ofensas. No olvidemos que el juez es Dios. Esforcémonos por vivir y practicar la misericordia y la compasión con los que nos ofenden, porque buscar justicia por la propia mano nos hace ser esclavos de la ira y del odio, que finalmente nos precipitará en el rechazo y abandono de nuestros hermanos.
