Opinion

Comentario Homilético

“Jesús camina frente a nosotros nos alienta a caminar en la fe”

Mt 14,22-32

Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ

Hermanos, después del milagro de la multiplicación de los panes que nos presenta el evangelista san Mateo, prosigue la narración de la actividad pública de Jesús y de sus milagros que manifiestan también la futura acción de la Iglesia. En el signo del caminar sobre el agua, Jesús demostrará su unión con Dios y su potencia y autoridad sobre los elementos naturales. Este pasaje además de mostrar la identidad de Jesús nos mostrará la imagen de la Iglesia que sobre la barca y junto con Pedro, encuentran la calma y profesan la divinidad de Jesús como Hijo de Dios. Es necesario mantener la fe y la mirada fija en Jesús para no sucumbir ante las adversidades.

Partiendo de nuestra experiencia de conocimiento, reconocemos en el mundo leyes naturales que se rigen por sí mismas y que no dependen del gusto o de la voluntad del hombre. Elementos como el movimiento, la gravedad, la fuerza natural de los elementos: lluvia, aire, fuego, etc., todo ello tiene una fuerza y una autonomía que el hombre siempre ha procurado conocer y descifrar. Nosotros frente a todos estos elementos nos descubrimos frágiles y débiles, y de alguna manera sometidos por la fuerza de la naturaleza. Es verdad, el hombre con el paso de los siglos ha podido sobreponerse y adaptarse a todo aquello, y gracias a eso, le ha sido posible subsistir. Sin embargo, la grandeza, la potencia y la inmensidad del creado nos rebasa y permanece un misterio.

El texto de Libro de los Reyes nos presenta la experiencia de Dios que tiene el profeta Elías. Esta experiencia es claramente identificable; por una parte, vemos la potencia de los elementos naturales y por otra, a Dios que está por encima de ellos, no se identifica con ellos, sino que está por encima. Ahora podemos comprender que el hombre desde hace muchos siglos, sin conocer a Dios, pero tendiendo interiormente a él, lo identificó con los elementos naturales: sol, luna, lluvia, fuego, viento, etc. Dios está por encima del creado y es justamente en la brisa suave donde se manifiesta, en la tranquilidad y en el orden, no en el caos ni en el desorden. Así también Cristo, por encima del caos del mar, camina, se acerca y se manifiesta a los suyos.

El inicio del texto del Evangelio nos presenta a Jesús concluyendo una larga jornada de trabajo. Después de haber multiplicado los panes, despide a la multitud, sin embargo, sus discípulos no son despedidos, sino exhortados con firmeza a subir a la barca. Ellos tienen que hacer una travesía solos, en la noche y sin Jesús. En cambio, Jesús está a solas, en un lugar solitario y durante toda la noche, apartado oraba. Cuando todos descansan y los navegantes van mar adentro, Jesús se dirige en oración al Padre y más tarde se acerca a ellos caminando sobre el agua. Ante la presencia de Jesús, pensando que era un fantasma, aparecen manifestaciones de miedo y terror que los hacen gritar. Jesús dirige su palabra a ellos y les dice: “¡Ánimo!, soy yo; no teman” (v. 27). La respuesta puntual y alentadora es tan clara que Pedro pide ir hacia Jesús: “si tú eres, mándame ir a ti sobre las aguas” (v. 28). Una sola respuesta de Jesús es suficiente para hacerle capaz de realizar el mismo signo, caminar sobre el agua. “Ven”, le dice.

Ante el miedo causado por la tempestad, la barca es un lugar seguro y fuera de ella sería imposible subsistir. Sólo la palabra de Jesús nos permite caminar en medio de la tempestad, de la inmensidad y de la profundidad sin perecer. Pedro logra caminar hacia Jesús porque confió en su palabra, pero, dice el texto del Evangelio: “viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!” (v. 30). Quitar la mirada de nuestro fin último (Cristo) y dar mayor importancia a los peligros y a las adversidades nos hace hundirnos. Pedro sintió miedo y su temor fue evidenciado por Jesús: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Al instante suben los dos a la barca y entonces el viento cesa. Pedro es conducido nuevamente a la barca, tomado de la mano de Jesús para confiar y no volver a dudar de su presencia y de su compañía. Tengamos cuidado porque las tempestades que hoy sacuden a la Iglesia deben ser ocasión para que confiemos más en Cristo, en su asistencia y compañía, no debemos ser temerosos ni mucho menos debemos desconfiar de la seguridad que nos ofrece su palabra, o ¿acaso confiamos más en las palabras de los extraños?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *