El desarrollo se mide en la dignidad de las personas
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
He leído con atención el número 72 de “Ciudadanía Católica y Análisis Social”, que plantea una reflexión particularmente crítica sobre la situación económica, política, institucional y educativa de México. El documento parte de una enseñanza de san Pablo VI en “Populorum progressio”: el verdadero desarrollo consiste en pasar, para cada persona y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas.
Ése debería ser también nuestro punto de partida. Más allá de partidos, gobiernos y preferencias ideológicas, la pregunta verdaderamente importante es sencilla: ¿las condiciones de vida de las personas están mejorando? Porque el desarrollo de un país no puede medirse únicamente por discursos, programas o grandes obras. Al final debe reflejarse en la dignidad y en las posibilidades reales de las familias.
UNA DEUDA QUE COMPROMETE EL FUTURO
Una de las principales preocupaciones del documento es la situación económica que refleja el Paquete Económico 2027. Señala el crecimiento de la deuda pública, el costo cada vez mayor de atenderla y el reducido crecimiento de la economía. Advierte que una parte considerable de los recursos públicos tendrá que destinarse al servicio de esa deuda, recursos que ya no estarán disponibles para otras necesidades como educación, salud, infraestructura o inversión.
El problema de la deuda pública no debería discutirse únicamente entre economistas. Cuando una familia entiende que no puede gastar indefinidamente por encima de sus posibilidades, comprende también una verdad elemental de la economía: los recursos son limitados y toda decisión presente tiene consecuencias futuras. En el caso de un país, además, esas consecuencias terminan siendo asumidas por generaciones que ni siquiera participaron en las decisiones originales.
MÁS ALLÁ DE LOS PROGRAMAS SOCIALES
El documento llama también la atención sobre el comportamiento del PIB por habitante. Su gráfica muestra un prolongado estancamiento y sirve para plantear una cuestión que merece reflexión: no basta con que existan programas sociales o aumentos salariales si la economía en su conjunto no genera de manera sostenida mayor riqueza, productividad, inversión y empleo formal.
Esto no significa negar el valor de los apoyos sociales ni los beneficios que un incremento salarial puede representar para muchas familias. Significa preguntarnos cómo hacerlos sostenibles. La verdadera política social no debería limitarse a aliviar una necesidad inmediata; tendría que ayudar a crear las condiciones para que las personas puedan desarrollar sus capacidades, encontrar oportunidades y construir progresivamente una vida con mayor autonomía.
CRÍTICA RESPONSABLE Y NO PROPAGANDA
El documento extiende su crítica al deterioro institucional, la educación, la corrupción y la presencia del crimen organizado. En algunos de estos apartados utiliza un lenguaje muy severo y formula acusaciones graves contra personas y grupos políticos concretos. Precisamente por su gravedad, esos señalamientos deben ser tratados con responsabilidad: una cosa son los datos verificables, otra las interpretaciones políticas y otra las acusaciones que requieren investigaciones y pruebas suficientes.
Esta distinción no debilita la crítica. Al contrario, la hace más responsable. Si queremos exigir verdad al gobierno, debemos exigirnos también verdad y rigor cuando cuestionamos al gobierno. La búsqueda del bien común no puede construirse sustituyendo una propaganda por otra.
EDUCACIÓN: EL FUTURO EN JUEGO
Especial preocupación merece la educación. Un país que no ofrece a sus niños y jóvenes las herramientas necesarias para comprender, razonar, cuestionar y desarrollarse está comprometiendo mucho más que sus indicadores escolares: está comprometiendo su futuro. La educación no puede convertirse en campo de batalla ideológica. Debe ayudar a formar personas libres, responsables y capaces de pensar.
El documento hace también una crítica a distintos sectores de la sociedad civil y señala expresamente a la Iglesia Católica, a la que cuestiona por haber pasado, según su análisis, de una presencia crítica de alcance nacional a posiciones de mayor neutralidad o silencio.
Es una observación que no deberíamos desechar simplemente porque resulte incómoda. La Iglesia no está llamada a convertirse en partido político ni a decirle a nadie por quién votar. Pero tampoco puede permanecer indiferente cuando están en juego la dignidad humana, la violencia, la pobreza, la corrupción, la educación, la justicia o la paz.
FE CON CONSECUENCIAS SOCIALES
Nuestra fe tiene una dimensión social. Defender al pobre no significa únicamente ayudarlo cuando ya está sufriendo; también significa preguntarnos por las condiciones que producen pobreza y exclusión. Trabajar por la paz no consiste solamente en pedir que termine la violencia; exige también instituciones justas, respeto a la ley y comunidades en las que nadie tenga que vivir sometido al miedo.
Por eso rescato especialmente la invitación final del documento: analizar los datos, compartirlos y dialogar sin apasionamiento. Tal vez ésta sea una de las tareas ciudadanas que más necesitamos recuperar.
Dialogar sin apasionamiento no significa carecer de convicciones. Significa ser capaces de escuchar, verificar, reconocer aquello que funciona y señalar aquello que no funciona, sin convertir al que piensa diferente en enemigo.
México necesita ciudadanos que no entreguen su conciencia a ningún partido, gobierno, medio de comunicación o corriente ideológica. Ciudadanos capaces de preguntar, contrastar información y participar responsablemente en la vida pública.
Y los cristianos tenemos una razón todavía más profunda para hacerlo. Como recuerda san Pablo VI, cada persona es responsable de su propio crecimiento y está llamada a crecer en humanidad, a valer más y a ser más.
Ésa debería ser finalmente nuestra medida del desarrollo: no cuánto poder acumula un gobierno, cuánto dinero circula o cuántas obras se inauguran, sino si estamos construyendo condiciones cada vez más humanas para todos.
Porque un país verdaderamente desarrollado no es solamente el que tiene más. Es el que permite que sus personas puedan ser más.
