Comentario Homilético
La luz de Cristo nos permite ver y creer en las obras de Dios
Jn 9,1-41
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Hermanos, este cuarto domingo de Cuaresma, llamado también Laetare “alégrense”, nos introduce en la meditación y contemplación de «Cristo luz del mundo» y en el gozo de tener finalmente la luz de la vida. Este día tendremos la gracia de invocarlo nuevamente para que ilumine los corazones y las mentes de todos los cristianos y podamos así dirigirnos sin tropiezo hacia Dios. Una visión naturalista del mundo y de la vida no es suficiente para resolver sus enigmas, y si no es con la ayuda de Dios, nunca lograremos vencer nuestros límites y llegar a la verdad de las cosas. Una persona que cree en Cristo está en condición de ver más allá, porque la luz de Dios le permite comprender en profundidad sus designios.
Estamos habituados a contemplar las cosas que no alcanzamos a ver cuánto estamos condicionados por los elementos externos a nosotros. Para poder ver, primero necesitamos que nuestros ojos estén sanos, que sean capaces de la visión y segundo, necesitamos de la luz. Al despertar apenas comienza a clarear el día, sin pensarlo, sabemos que realizaremos todo sin dificultad. Pero, si nos faltara el sol, la tiniebla se prolongaría y no podríamos ya ser los mismos. Alguno argumentará: ¡pero tengo la luz eléctrica! Es verdad, pero si ni siquiera ésta estuviera a nuestro alcance, estaríamos en completa oscuridad. De nada nos serviría tener nuestros ojos sanos, si no hay luz.
En nuestro lenguaje común, cuando alguien se equivoca en sus decisiones, o en sus afirmaciones decimos: ¡No ves!, ¡estas ciego!, para acentuar que no se es capaz de percibir las cosas como son en verdad, y hasta llegamos a afirmar: ¡no hay mayor ciego que el que no quiere ver! También decimos que los sentimientos nos hacen ver las cosas de diferente modo: «el amor es ciego», etc. Todos estos ejemplos nos permiten reconocer que nuestra percepción de la vida y de las cosas, puede estar limitada, debilitada y hasta sugestionada. Si las cosas no son como pensamos que puedan ser, entonces, necesitamos una referencia y una luz especial para poder ver con claridad la realidad.
Es tan profundo e insondable el misterio de la vida que necesitamos algo más que una razón sana para poder llegar a la verdad de las cosas. Dios en su palabra nos presenta un parámetro para ejercitarnos a contemplar la vida desde Sí mismo. La primera lectura, del Primer libro de Samuel, nos presenta el momento de la elección y consagración de David como rey de Israel cuando aún era un joven. Le dice Dios al profeta Samuel: «Voy a enviarte a Jesé, en Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí». (1Sam 16,1). El texto nos indica que Dios ve antes que todos, un rey. Dios conoce la verdad de las cosas y nos enseña a ver como Él. El profeta cree que el futuro rey será el hijo mayor de Jesé, por sus atributos y su fuerza, pero no es así. Dios le responde: «La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahvé ve el corazón» (1Sam 16,7). Ver el interior, las intenciones y la verdad de las cosas, será el primer paso para tener una visión correcta ellas. Finalmente, cuando es presentado David, Dios le indica: «Levántate y úngelo, porque éste es» (1Sam 16,12). Desde entonces descendió sobre David el Espíritu del Señor.
Nosotros como bautizados, hemos recibido el Espíritu de Dios para poder comprender todas las cosas con la ayuda de su luz y tenemos la capacidad de ir más allá de los sentimientos, de las apariencias y de los engaños. Debemos por tanto pedir incesantemente a Dios que nos de la capacidad de discernir su voluntad en todo lo que estamos viviendo. Conocer a Cristo y, sobre todo, creer en Él, será el camino a seguir para vivir sobre este mundo iluminados por la luz de su Espíritu. Pidamos, finalmente, que, durante los momentos inciertos, nos permita ver más allá de lo que ven nuestros ojos, para que procuremos, sobre todo, cumplir su voluntad con paciencia y amor.
