Comentario Homilético
“La corrección fraterna gana a los hermanos para Cristo”
Mt 18,15-20
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Hermanos, la liturgia de este domingo nos invita a reconocer el valor del hermano, aun cuando este ha pecado; de igual manera, la vida de comunidad nos invita a acercarnos al pecador para ganarlo para Cristo. La insistencia en la corrección fraterna nos recuerda que Dios, a través de nosotros, llama a los hermanos a la conversión y a la vida nueva. Por eso, la Iglesia, comunidad de hermanos en Cristo será el espacio donde la oración y la petición, lograrán la salvación de muchos hermanos, que se han alejado de Dios y de su amor.
El hombre es un ser social por naturaleza, nace para vivir en comunidad y en comunión con los otros. En este sentido podemos reconocer diferentes espacios de relación: familiar, social, laboral, eclesial, etc. Estos espacios se ver fracturados cuando el hombre actúa guiado por sus instintos y por sus deseos; cuando aparecen las dificultades para vivir la comunidad, tales como el egoísmo, el amor propio y el pecado, en muchas ocasiones todo esto determina nuestras relaciones y nos hace ofender a los demás.
Es claro que el pecado del otro nos ofende, lastima y escandaliza; y cuando es dirigido o perpetrado hacia uno mismo, nos sentimos ofendidos y hasta en cierta manera destruidos. Entonces nos preguntamos: ¿Qué debo hacer cuando mi hermano peca? ¿puedo dejarlo hundirse en su pecado y hacer como que no pasa nada? Evidentemente que no. Si realmente me interesa el prójimo y mi hermano, debo acercarme a él para ayudarle, aconsejarle y hasta corregirlo. Desear que se convierta y vuelva a Dios es una necesidad urgente. De hecho, el profeta Ezequiel ya lo anunciaba en su libro: “Si yo digo al malvado: ‘Malvado, vas a morir sin remedio’, y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti” (Ez 33,8). En estas palabras del profeta encontramos la responsabilidad del hombre frente al hermano que ha pecado, por tanto, no podemos ser indiferentes al pecado del hermano.
El mensaje del Evangelio nos invita a hablar con el otro, a permitirle escuchar la verdad. Lamentablemente, el pecado enceguece, ensordece, nos enmudece y nos atrofia, por tanto, es obvio que el hombre se resista a la corrección. Pero si te escucha, afirma el texto: habrás ganado a tu hermano” (v. 15). Por eso, como segundo paso a seguir, si no se ha escuchado la corrección, se debe acercar al pecador con la presencia de dos o tres testigos (cf. Dt 19,15), esta acción demostraría que no es idea, o mala idea de uno de ellos, sino que es evidente que el pecador debe reconocer su mal y su pecado. Si la corrección apoyada en los testigos no es efectiva, se debe pasar a su tercera instancia: “díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano”. La comunidad, llamada en el texto (ekklesía), representa a aquellos que por su autoridad saben tomar la mejor decisión y, sobre todo, se preocuparán por el bien de los demás. La Iglesia, como madre, tiene la autoridad para exhortar y corregir, porque el pecado y el mal evidente, no pueden ser tolerados, y no únicamente porque sea motivo de escándalo sino porque no puede ver perdidos a sus fieles y a sus hijos, y de allí procede esta exhortación. La Iglesia no condena al que ha pecado, sino que lo invita a la conversión, para que no se pierda.
Pidamos al Señor que nos permita tener los mismos sentimientos de su Hijo frente a los pecadores, para ganarlos para Dios y para mostrarles que es posible abandonar el pecado para vivir la nueva vida de los hijos de Dios.
No olvidemos que la corrección fraterna hacia el hermano debe realizarse con caridad, con verdadero interés y, sobre todo, con sinceridad; después de lo cual es necesario acompañar al hermano en su proceso de conversión, con nuestro testimonio, con nuestra cercanía y con la oración.
