Opinion

Genio y figura

Gracias Félicette

Francisco BUENROSTRO

El pasado 8 de agosto se conmemoró el Día Internacional del Gato, creado en 2002 por el Fondo Internacional para el Bienestar Animal, con el objetivo de generar consciencia sobre los gatos y aprender de qué forma poderlos ayudar y proteger mejor.

Recordar esta fecha me llevó, por casualidad, debo admitirlo, a descubrir la historia de Félicette, una gatita sin hogar que científicos franceses recogieron de las calles de París y que entrenaron, junto con otros 13 gatos, para formar parte del primer programa espacial felino de la nación gala.

Luego de duras pruebas, a las que someterían a cualquier astronauta, sin que los gatitos fueran la excepción, Félicette fue seleccionada por ser la más ligera, debido a lo cual, el 18 de octubre de 1963 fue lanzada al espacio a bordo del cohete Véronique AG1 desde Argelia.

La nave de Félicette alcanzó los 157 mil metros de altura, superando el límite oficial del espacio exterior y llegando a estar cerca de cinco minutos en condiciones de microgravedad. Para lograr esto, la minina experimentó hasta 9.5 fuerzas G, es decir, tuvo que soportar una fuerza de aceleración equivalente a 9.5 veces su propio peso, lo que pondría a cualquier organismo al límite extremo de su resistencia física.

Todos estos registros se pudieron conocer gracias a electrodos que se le implantaron a Félicette para analizarla, ya que logró volver su cápsula a la Tierra y descender de manera segura con ayuda de un paracaídas.

Sin embargo, la historia de la felina no tuvo un final feliz, porque si bien se convirtió en la primera y única de su especie en viajar al espacio y sobrevivir, a diferencia, por ejemplo, del conocido caso de la perrita rusa Laika, quien sí falleció muy lejos de la Tierra, a Félicette la sacrificaron los científicos franceses dos meses después de su viaje, no porque hubiera resultado afectada su salud en el espacio, sino, simplemente, para poder estudiar mejor su cerebro y otros órganos vitales, total, para ellos era, al fin y al cabo, un gato callejero.

Alguna vez lo comenté en una de mis columnas, y lo retomo ahora, la vez que mi compadre Nacho, un veterinario experimentado, que en paz descanse, me argumentó que los perros hacen mucho más por las personas que los gatos, porque no hay gatos rescatistas, ni que ayuden a invidentes, ni detecten drogas. Hoy te digo hasta donde te encuentres, querido amigo, que Félicette hizo un gran sacrificio por la humanidad, sin proponérselo, pero eso no demerita que en aras de la ciencia acabaron con su vida.

Para ser sincero, retomando lo del Día Internacional del Gato, yo festejo a los felinos todos los días, ya sea por la resiliencia de mi pequeño Elpidio, quien pese a sus malformaciones que le impiden usar su patita izquierda delantera, y ahora también una de atrás, siempre busca el momento para retozar en la puerta mientras el sol entra por el mosquitero o por la ternura de la rechonchita Sombra, que con su bigote blanco nos lleva croquetas entre sus fauces para comérselas junto a nosotros en la casa, como una gracia o por la vitalidad de Hansel que puede hacer travesuras todo el día, pero que no pierde la oportunidad de dormir en mi brazo, cuando me recuesto a ver la tele o de la elegancia de Gretel, que no soporta que nadie la acaricie, pero que te busca cuando quiere demostrarte su cariño, pegando su carita a tus pies.

Tal vez la función de los gatos en nuestras vidas va mucho más allá de lo material, de lo que pueda hacer otra especie, y terminan convirtiéndose en una dosis de amor que reconforta el alma.

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