Comentario Homilético
El amor a Cristo llevado a plenitud, camino para la salvación
Mt 10,37-42
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Hermanos, con la meditación del Evangelio de este domingo, concluimos el llamado discurso apostólico. Hemos meditado sobre la misión de los discípulos; ahora meditaremos sobre las exigencias de la misión. La primera y la más importante de ellas es el amor, la segunda la renuncia, y la tercera la donación. Este pasaje a primera vista parecería contradictorio, pero veremos que en verdad es muy claro y alentador, sobre todo, porque tendrá su recompensa.
El llamado que Dios hace tiene un origen o un fundamento, Dios llama al hombre por amor. Al centro del actuar de Dios es fundamental el amor. San Mateo cuando habla del amor que el hombre puede experimentar por los demás utiliza la palabra (fileo), así también el amor por las cosas, amor que implica los afectos (6,5; 23,6). El amor que viene de Dios es llamado “caridad” (ágape) y en este sentido, el amor se presenta no solo como una motivación, sino como una fuerza. El hecho de ser discípulo de Cristo implica una decisión y una respuesta, ante el llamado de Dios respondemos amándole y siguiéndole. Generalmente, estos textos son identificados como vocacionales, porque se aplican la vocación de los consagrados, pero, indudablemente la vida cristiana es una vocación y todos somos llamados por Cristo a su seguimiento. En este sentido, es un texto que implica y aplica a todos los creyentes.
La importancia del amor como respuesta al llamado de Dios es evidente ya desde el Antiguo Testamento, por ello aparece como el primero de todos los mandamientos de Dios: “Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5). El Pueblo de Israel debe reconocer que, dando prioridad a la práctica de este mandamiento, todos los demás se realizarán impulsados y guiados por él. En este sentido, el amor a Dios será principio y fuerza para realizar todo aquello que nos llevará a la vida y a la felicidad.
De esta manera, en el Evangelio, Jesús dice a sus discípulos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). Cristo siendo Dios pide ser amado, sobre todo. Este amor debe ser total y no debe competir con otros amores. Sin duda, los bienes mayores sobre este mundo son los padres y los hijos, pues bien, por encima de esos bienes importantes y fundamentales está Dios y el amor a su Persona. Esto hay que entenderlo bien, porque no significa absolutamente que no debemos amarlos, sino todo lo contrario, debemos amarlos con el amor de Dios y desde Dios. Quién ama de verdad a Dios no puede no amar a sus padres o a sus hijos. Es justamente en ese momento, cuando el amor a Dios está asegurado que se podrá amar con más perfección a los padres y a los hijos y al prójimo. Y así, amando a Dios estamos dispuestos al seguimiento de su voluntad.
El seguimiento de Dios implica cargar la cruz. Esta expresión “cargar la propia cruz” denota el cargar sobre sí las implicaciones de la vida cristiana. El modelo y ejemplo de cargar la cruz nos lo ha dado Cristo. Sobre este punto tenemos que meditar a fondo, porque muchas veces en nuestra vida cristiana no queremos asumir las implicaciones de la fe: rectitud, humildad, justicia, perdón, santidad, etc., ni mucho menos quisiéramos asumir aquellas experiencias negativas: persecución, rechazo, burla, indiferencia, miedo etc. El seguimiento de Cristo debe ser encarnado en la realidad y no manipulado; donde queramos quitar todo el aspecto de la renuncia y del sacrificio a la vida cristiana, habremos cambiado el Evangelio. Por eso el texto subraya: hasta las últimas consecuencias, hasta dar la vida (v. 39). Pidamos a Dios nos conceda la sabiduría para comprender el valor de las exigencias de Jesús y que no tengamos miedo de perder todo para ganar a Dios, aunque con Dios nunca perdemos, siempre ganamos.
