Bekaa más de un Valle
Dalal y El Valle del Bekaa: entre el encantamiento y la nostalgia
*Regreso, regreso a estas montañas. Nada, nada sonríe
Dalal El Laden
Dice el escritor mexicano Juan Villoro que la crónica “es el ornitorrinco de la prosa”.
Un itinerario extraño que como este animal es capaz de arrojar un viso de magia, lo increíble, lo improbable, cuando transforma su condición de mamífero a ovíparo para admiración de la ciencia.
La crónica es así, entonces: comienza como tal, pero en su necesidad de ser, es relato, es cuento, novela, ensayo o poesía, un ejercicio de escritura que se adentra por momentos en las aguas de la autobiografía, y en otros, desde la superficie, desde una objetividad fabricada, observa la profundidad con total actitud inquisidora, cuestionadora, lo que la convierte en un género complejo, proteico, el lugar de confluencia de distintos géneros, sin que por ello pierda su estructura medular.
La crónica es un trazo de la palabra que captura parte de lo conocido -o de lo que se está conociendo- en la mágica tarea de dar cuenta de sus intersticios, de sus sorpresas e injusticias desde el lente del cronista.
En su pasión por ver entre telones muestra lo que se considera imposible, lo que en apariencia no existe (o lo que nadie quiere ver). Desde ese lente especial, que al mismo tiempo es su corazón, el cronista hace de la realidad un espacio de lectura plural, de coincidencias, de desencuentros, porque no es fácil aceptar lo que para sí ha significado esa reconstrucción dolorosa que lo toca, que lo subyuga, y que entretanto forma parte de su ser. Reconocer y hacer visible el presente con su carga ficcional no es tarea sencilla.
Cuando se narra lo que acontece -o lo que se sospecha pueda ocurrir- no se sabe en qué parte de la realidad o de la ficción se está, a ello se suma la interpretación de los hechos, su digestión a través de las experiencias y el estado interior del cronista.
El escritor Javier Cercas considera que la literatura es imposible que no pueda ser autobiográfica, y esto no en el sentido estricto de contar la propia vida sino en el hecho de manifestar en la escritura las preocupaciones y las obsesiones, porque cuando se está contando algo es inevitable no hacerlo desde la vivencia, desde la propia mirada y estado emocional.
En este sentido, Dalal El Laden, a lo largo de sus crónicas del Valle del Bekaa, hermoso y ancestral lugar de Líbano, va incorporando un elemento de autorreferencialidad que nos coloca por instantes en otros planos narrativos.
Hay construcciones, frases de Dalal, que evidencian justamente este aspecto de la presencia del espacio interior del escritor, de su sentir respecto al hecho que narra.
Así tenemos cómo la autora se apoya en frases escritas en viejas fotografías: “Si día a día se recordara la muerte, reinaría la humanidad”, tratando de explicarse, quizá, por qué al dar cuenta de ese lugar se topa con la misma humanidad que ya conoce, con sus aciertos y sus sombras.
Este tipo de frases que extrae de su universo íntimo, y con las cuales construye la autorreferencialidad, es lo que en cierta forma confirma esa consideración de Javier Cercas, al destacar que la crónica como expresión literaria no puede detenerse en el argumento noticioso, en la extrema objetividad, como tampoco puede navegar solamente en la proyección que hace el escritor de su mundo interior.
Se trata de la gestación de un discurso mediado por la observación, por la interpretación que ello sugiere, por la posición que se asume ante eso que se observa y se narra y, en consecuencia, el resultado que arroja ese proceso.
Mientras esto ocurre, Dalal incorpora este discurso paralelo, inquisitivo y melancólico de las fotografías y de las lecturas que realiza, como si fuese otro plano del ejercicio de escritura, otro elemento para el contraste, una herramienta más para reseñar la cotidianidad libanesa que mira con asombro, maravilla y crítica.
Se puede apreciar en las crónicas que su palabra se transfigura con el concurso de imágenes poéticas, el cuestionamiento directo característico de la nota periodística, las alusiones constantes al paisaje margariteño, a la situación económica venezolana, a circunstancias vividas, sin que por ello repose en un recurso meramente comparativo.
Esto nos dice de la construcción de una narrativa que se edifica aún más con la nostalgia de realidades ya experimentadas en el espacio de origen que es Venezuela y, más sentidamente, la isla de Margarita.
La crónica latinoamericana es un oficio de escritura especial con relieves únicos en el ámbito mundial de las letras, tal vez por la capacidad imaginativa y recreadora que nos marca desde el inicio de nuestra cultura; y en esa corriente Dalal da forma a la palabra que en una constante atmósfera poética va registrando espacios y personas de otro continente, de otro país, creando ese punto medio, ese estado de latencia, de convergencia, para la permanente expectación, el encanto y el desencanto al hablar de una humanidad que es la misma en cualquier lugar del mundo.
Ramelis Velásquez San José de Costa Rica, 2017
DALAL EL LADEN (Porlamar, Isla de Margarita, Venezuela, 1983) es Licenciada en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Colima (México). Cursó un semestre de su carrera en la Universidad de las Islas Baleares (Palma de Mallorca, España), como parte del convenio de intercambio académico.
Coautora de los libros Desenterrando historias. Trazos de investi-gación (Julia Preciado Zamora [Coordinadora], Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Colima, Editorial Tierra de Letras, Archivo Histórico del Municipio de Colima, 2004) y Callejón de la memoria. Centenario de “Caco” Ceballos (1912-2012) (Enrique Ceballos Ramos [Compilador], Archivo Histórico del Municipio de Colima, Editorial Tierra de Letras, 2013).
Columnista, desde 2004, de los periódicos Sol de Margarita y El Mundo desde Colima. Imparte cursos para mejorar nuestra escritura en español. Es correctora de estilo.
