Genio y Figura
“En el nombre llevan la fama”
Francisco BUENROSTRO
En plena temporada de ciclones, algo que me ha llamado mucho la atención es el nombre de los fenómenos meteorológicos que, uno tras otro, se han ido formando en el Pacífico Mexicano, y uno que otro en el Atlántico, sobre todo, después de un meme que vi y que, como es costumbre, demuestra la creatividad de nuestro pueblo. La publicación en redes hacía mención de que los nombres de Polo, Simón o Isaías, evocan, más que a un huracán, al tío borracho que en navidad termina por echar a perder la convivencia familiar. En contraste, los nombres de Rachel o Trudy (que ya se avecina) nos suenan más a secretaria de Tony Stark, o de algún otro superhéroe dueño de empresas, que a un amenazante ciclón.
El punto es que, al menos según el meme al que hago referencia, si a los huracanes se les pusieran nombres como “El Destructor de Mundos” o “La Estrella de la Muerte”, las personas evacuarían las zonas de alto riesgo sin necesidad de llamados de la autoridad, lo que también hace alusión a que muchas personas llegaron a ignorar el peligro latente del alto oleaje en las áreas costeras o el riesgo de inundación en algunos cruces de calles o carreteras.
Pero, más allá de la burla, vamos a ser más técnicos en este espacio y a continuación les explico cómo es que se nombran a los fenómenos meteorológicos, porque todo tiene su chiste, no es mera ocurrencia. Los nombres de los huracanes se asignan mediante listas oficiales preestablecidas administradas por la Organización Meteorológica Mundial (OMM).
Un ciclón no recibe nombre desde su formación, se le asigna uno oficial cuando alcanza la categoría de tormenta tropical (con vientos sostenidos de, al menos, 63 km/h). Si después se convierte en huracán, conserva el mismo nombre, independientemente de si cambia de categoría en la escala Saffir-Simpson.
Los nombres se usan en orden alfabético conforme se van formando las tormentas a lo largo de la temporada, combinado nombres de hombres y mujeres. Existen listas de nombres específicas para cada región (por ejemplo, 21 nombres al año para el Atlántico y 24 para el Pacífico). Estas listas se repiten cada 6 años. Sin embargo, si un huracán es extremadamente destructivo o causa pérdidas humanas graves, su nombre se retira permanentemente de la lista por respeto y se sustituye por otro con la misma letra inicial.
Más allá de si el nombre puede o no parecer atemorizante, lo cierto es que, a lo largo de la historia reciente de nuestro país, algunos huracanes se nos han quedado grabados en la memoria por lo destructivos que llegaron a ser, por ejemplo:
*Huracán Otis (2023): Categoría 5 que se intensificó de forma explosiva en menos de 12 horas y golpeó Acapulco y Coyuca de Benítez, dejando 50 fallecidos, más de 30 desaparecidos y daños en el 80% de la infraestructura hotelera y de vivienda.
*Huracán Gilberto (1988): Catalogado como “el huracán del siglo XX”, impactó Cozumel y Yucatán como categoría 5 y luego Nuevo León y Tamaulipas, provocando el desbordamiento del río Santa Catarina en Monterrey y un saldo de cerca de 300 muertes.
*Huracán Wilma (2005): Categoría 4 que se mantuvo estacionario sobre la península de Yucatán durante casi 60 horas; es el evento más costoso para el sector asegurador en México.
*Huracán Paulina (1997): Categoría 4 que azotó Oaxaca y Guerrero, generando deslaves e inundaciones severas en Acapulco con más de 300 fallecidos.
*Huracán Patricia (2015): Alcanzó vientos sostenidos de hasta 400 km/h, convirtiéndose en el huracán más intenso registrado en el hemisferio occidental con vientos récord, aunque con baja mortalidad gracias a la evacuación.
Para concluir, ya en un tono más serio, sólo quisiera recordar que, en lo que se refiere a la fuerza de la naturaleza, no se pueden tomar a la ligera los riesgos que implica un huracán, se llame como se llame, por lo que la prevención siempre será la mejor forma de preservar la vida de las personas.
