Comentario Homilético
La misión apostólica fundamenta nuestro servicio al mundo
Mt 9,36-10,8
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Hermanos, retomando nuestro tiempo ordinario, hoy reflexionamos sobre la misión de los discípulos que nos presenta el evangelio de san Mateo. Esta misión o este discurso apostólico lo recibieron durante la vida pública de Jesús. La misión tiene como origen y fundamento a Dios que se preocupa de nosotros, “siente compasión” y segundo, el envío de su Hijo que, compadecido de nosotros, hace posible la salvación. Jesús integra en su plan de salvación y misión a los discípulos que con su autoridad continuarán el encargo de ser anunciadores de la misericordia de Dios.
Generalmente, las situaciones difíciles de la vida nos hacen reaccionar de diferente manera. Cuando vivimos las adversidades en propia persona, sufrimos, perdemos la paz, nos angustiamos, etc., o también experimentamos una confianza plena en Dios que nos hace ser pacientes y esperar su ayuda; pero cuando estas situaciones les suceden a los demás, pueden pasar dos cosas: primero, que nos compadezcamos de su situación y tratemos de remediarla en algún sentido, y segundo, que pensemos que es una situación personal y que ellos tendrán que superarla por sí mismos. Justamente, esta actitud de indiferencia, desinterés y a veces de desprecio, demuestra la dureza del corazón, y hasta podríamos afirmar, que esta es la mentalidad que reina en estos tiempos. Cuidado con decir: “mientras eso no me pase a mí, no me interesa”. Frente a estas realidades, debemos ser más compasivos y misericordiosos.
Dios ha mirado siempre con amor y compasión al hombre que ha creado, y por más fuertes o graves que sean sus situaciones, Dios está pronto para ayudarlos; así lo escuchamos en el libro del Éxodo: “Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí” (Ex 19,4). Dios les mostró su compasión liberándoles, alimentándoles y guiándoles hacia la tierra prometida. Así también en el Evangelio escuchábamos que una gran multitud seguía a Jesús, y que, al contemplarla, se conmovió hasta las entrañas: “sintió compasión de ella, porque estaban cansados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36).
El hombre en nuestros tiempos no padece solamente dificultades económicas o físicas, hay tantas limitaciones y sufrimientos, aún interiores, que debemos estar atentos para poder venir al encuentro de sus necesidades. Jesús reconoce en el cansancio y el abandono del pueblo la falta de guías. Por eso, retomando el ejemplo de las ovejas, referido a la multitud, las reconoce dispersas, cansadas, sin dueño (Mt 9,36); Un poco más adelante lo dirá de Israel: “diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,6; cfr. Nm 27,17). Frente a este panorama, es necesario un Pastor que vea y sienta compasión por las necesidades de su rebaño. Hoy, en nuestro tiempo, constatamos también un panorama desolador y debemos preguntarnos si nos estamos compadeciendo de los demás, y si verdaderamente nos interesa el bien espiritual y material de nuestros hermanos. Porque como hijos de Dios tenemos a nuestro alcance todas las gracias necesarias para asistirlos y, sobre todo, porque Dios también hoy siente compasión de todos los hombres.
Ante la necesidad que contemplaba Jesús, pidió que oráramos al Padre para que enviara trabajadores a sus campos: “Rueguen, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38). Dios proveerá, o, mejor dicho, ya ha provisto todo en su Hijo. Cristo es el buen pastor que se ha compadecido del hombre disperso y errante sobre este mundo y ha querido perpetuar su compasión y misericordia por medio de sus elegidos. Hoy en nuestra oración no solo debemos pedir que Dios envíe operarios a sus campos, sino que de coraje y valentía a los que estamos ya trabajando para poder perseverar en la adversidad y que nunca falte a nadie la ayuda que brote de nuestro amor.
