Regina Orozco, una carrera sin moldes artísticos
*Siendo muy joven ya cantaba en Bellas Artes, ha actuado en películas referenciales del nuevo cine mexicano y durante años sostuvo su propia compañía de cabaret, todo, resultado de una amplia formación artística
Redacción – Dimensión
Entre la ópera, el cabaret y el cine, la vida de Regina Orozco ha transcurrido lejos de cualquier molde artístico tradicional.
Su historia no se entiende únicamente desde los escenarios de Bellas Artes, las películas de autor o los espectáculos musicales que ha encabezado durante décadas, sino a partir de una personalidad inquieta que en la infancia encontró en el arte una forma natural de existir.
Sentada en la sala de su casa de Cuernavaca, y rodeada de los perros que ha rescatado durante los últimos años, que juegan entre ellos durante la entrevista, Regina Orozco conversa con El Sol de México sobre su trayectoria.
“Soy la más chica de cinco hermanos, y tenía una hermana que me ponía a hacer cosas así. Me disfrazaba, yo era como su muñeca. Jugábamos a ‘La Cenicienta’, ella era la hermanastra y yo sufría”, comentó al recordar sus primeros acercamientos con el arte.
La también actriz creció en Satélite en la década de los 70, y según recuerda, en aquellos años la zona apenas comenzaba a desarrollarse.
“Había una iglesia donde había un coro y más actividades, teatro, danza y cosas así. Entonces hacían obras de teatro en las vacaciones y comedia musical. Desde los siete años estaba metida en eso, y nunca pensé en dedicarme a hacer otra cosa”, relató.
Desde ese entonces Regina Orozco construyó una visión muy particular del arte, teniendo como eje principal el no querer limitarse únicamente a cantar o actuar, sino convertirse en una artista integral, al estilo de las grandes figuras femeninas del espectáculo mexicano, como Rocío Dúrcal y Angélica María.
Su formación profesional comenzó a los 14 años, cuando ingresó al Conservatorio Nacional para estudiar canto mientras simultáneamente tomaba clases de teatro. Más adelante pasó por el Foro EON, donde tuvo como maestros a figuras como Sergio Bustamante y Hugo Argüelles. Paralelamente cursó estudios en el Centro Universitario de Teatro (CUT), mientras mantenía una rutina agotadora entre clases, ensayos y la preparatoria. “Estudiaba todo y no me importaba, aprendía todo. Bendita juventud”, señaló entre risas.
“Estudiaba ópera en el Conservatorio y cuando entré al CUT me encontré con Jesusa Rodríguez. Ella estaba buscando una actriz que cantara para hacer ‘Doña Giovanni’ y yo dije: ‘Yo quiero’”.
Dicho proyecto terminó convirtiéndose en uno de los primeros grandes giros de su carrera. Con apenas 17 años abandonó el CUT después de que le prohibieran trabajar mientras formaba parte de una producción, encabezada por figuras como Ofelia Medina, Daniel Giménez Cacho, Francis Laboriel y Liliana Felipe.
“Tuvimos cuatro años de gira en Europa. Imagínate, yo tenía 18 años. Yo cuidaba a Diego Luna, que era un niñito que se iba de gira con nosotros”, contó entre risas sobre esta versión de cabaret de la ópera “Don Giovanni”, composición de Mozart.
LOS CAMINOS DE LA MÚSICA
Aunque el teatro y el cabaret comenzaban a abrirle puertas, la música seguía ocupando un lugar central en su vida.
Su acercamiento a la ópera ocurrió desde la adolescencia, motivado inicialmente por la fascinación que sentía hacia el ambiente del Conservatorio.
“Desde los 14 años acompañé a mi hermana al Conservatorio y dije: ‘Ay, yo quiero quedarme aquí’. Me gustaba muchísimo la música y veía a los músicos y decía: ‘qué guapos son’. Entonces decidí tomar canto porque pensé que me podía ayudar para hacer teatro”.
Fue así como conoció a la maestra polaca Halina Lag, sobreviviente del holocausto y responsable de moldear una de las voces más potentes de su generación, y quien rápidamente identificó el potencial que tenía su voz.
“Su esposo le decía: ‘¿Qué vas a hacer con esa chamaca que tiene una voz enorme, una voz como de vaca?’. Y ella contestaba: ‘Espérate, es un diamante en bruto’. Ella me preparó muchísimo y gracias a eso pude entrar después a Bellas Artes”, dijo.
Con tan solo 18 años debutó en la Ópera de Bellas Artes con un pequeño papel en “Aida”, y seis meses después, fue convocada para interpretar personajes principales. Su carrera avanzó rápidamente hasta conseguir una beca para estudiar en Juilliard School, una de las instituciones artísticas más prestigiosas del mundo.
SU PASO AL CINE
Sin embargo, la exigencia física y emocional de la ópera comenzó a pasar factura. Regina descubrió que no estaba dispuesta a sacrificar otros aspectos de su vida por una disciplina tan absorbente, especialmente la maternidad, que modificó sus prioridades.
“Me invitaron a Alemania, a Bonn, para formar parte del elenco de una ópera y no me fui. Empecé a sentirme mal de la garganta y entendí que o me dedicaba solamente a la ópera, o hacía cabaret, cine y todas las demás cosas que quería hacer. Fue muy difícil tomar esa decisión”, confesó.
La presión terminó afectando seriamente sus cuerdas vocales, al grado que se sometió a una cirugía, y durante su recuperación decidió explorar con mayor profundidad el cine, terreno donde ya había participado en pequeños proyectos y cortometrajes.
“Ya había hecho algunas cosas y después me hablaron para ‘Mujeres insumisas’ (la película de Alberto Isaac de 1995). Ahí me nominaron al Ariel y luego vino ‘Profundo carmesí’”, que coprotagonizó con Daniel Giménez Cacho.
Ésta última, dirigida por Arturo Ripstein se convirtió en uno de los momentos más importantes de su trayectoria cinematográfica.
Para construir su personaje, se sumergió a fondo en la historia real detrás de la película sobre una pareja de asesinos, al grado de experimentar episodios que aún hoy le resultan difíciles de explicar.
“Llevé una veladora para dedicar mi trabajo al alma de esta mujer, y pedirle permiso de utilizar su historia. No tenía cerillos y me llamaron urgentemente al set. Cerraron mi camper con llave y cuando regresamos la veladora estaba prendida. Dos noches después se prendió sola la televisión y los libros sobre los asesinos que estaba leyendo, aparecieron tirados en el piso”, narró.
Más allá de lo paranormal, la actriz aseguró que el reto más importante fue entender emocionalmente a una mujer capaz de cometer crímenes atroces.
LLEGA EL CABARET
Paralelamente Regina Orozco consolidaba otra de las facetas que terminarían definiendo su carrera: el cabaret político y musical.
Su primer encuentro con ese mundo ocurrió en los años 80, cuando después de “Doña Giovanni”, descubrió los espectáculos teatrales encabezados por Jesusa Rodríguez.
“Fui a verla y me explotó la cabeza. Estaban haciendo reír, estaban cantando, mezclaban política, humor y música. Yo dije: ‘Esto es lo máximo, yo quiero hacer esto’”.
A partir de entonces comenzó a desarrollar personajes irreverentes, números musicales experimentales y espectáculos cada vez más ambiciosos, hasta fundar su propia compañía teatral durante la década de los 90.
“Jesusa me dijo: ‘Ya tienes que hacer tu propia compañía’. Y yo aterrada pensaba: ‘¿Cómo le hago?’. Pedí préstamos, perdí dinero, llenaba mi refrigerador para los músicos y pagaba impuestos de todos. Nunca gané nada durante años, pero logré grabar discos y levantar mis espectáculos”, contó orgullosa.
Con el paso del tiempo, encontró una estabilidad artística que le permitió vivir completamente de sus proyectos. Entre ellos destacan discos como “La Mega Bizcocho” y conceptos escénicos como “Regina en el Diván”, espectáculo interactivo donde improvisa canciones y géneros musicales a partir de emociones y peticiones del público.
SU FACETA ALTRUISTA
Fuera de los escenarios Regina Orozco también ha construido una fuerte relación con el rescate animal. Rodeada de sus perros adoptados, cuenta que colabora constantemente con refugios y campañas de esterilización.
“Ahorita tengo ocho perros, he tenido 12. Trabajo realmente para mantenerlos, les cocino y todo. Ya paré un poco de adoptar porque no puedo más, pero cuando veo perritos que me quiero llevar, mejor hago donaciones a albergues”, explicó.
Aunque reconoce que el maltrato animal sigue siendo una problemática enorme en México, considera que la conciencia social ha cambiado poco a poco en las últimas décadas.
“Hace 30 años no existía realmente esta cultura de ‘no compres, adopta’. Hoy ya hay más conciencia y más campañas, aunque todavía falta muchísimo”, finalizó.
