Opinion

Comentario Homilético

Instrucciones para la Iglesia naciente: “Yo con ustedes soy”

Mt 28,16-20

Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ

Hermanos, estamos acercándonos al término de la Pascua, hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión de Jesús al cielo. El hecho de que Cristo deje el mundo y vuelva al Padre, no significa que su misión haya terminado, sino que la única misión que Cristo realiza en favor de la humanidad, será puesta en manos de la Iglesia, a quién ahora le corresponderá dar continuidad a la misión de Cristo para llevar al hombre al Dios Trino. Por tanto, debemos sentirnos parte de esta cadena interminable de la Misión que nos une a Cristo y nos proyecta hacia el Padre.

Cuando las cosas parecen llegar a su fin, nos preocupamos, nos angustiamos y sufrimos. Decimos que las despedidas no son buenas, hablando humanamente, pero debemos aprender el “sentido de una despedida”. En los discursos que en alguna ocasión Jesús dirigió a sus discípulos, encontramos una frase desconcertante: “les conviene que yo me vaya” (Jn 16,7), que podríamos traducir, “es mejor para ustedes que yo me vaya”. Cuando Jesús decía esas palabras lo hacía pensando en el bien de los suyos: “porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito”. Es una despedida que no es el fin, sino el principio de algo todavía mayor y mejor: la plenitud de Dios que se ofrece al hombre.

Por el testimonio de las Escrituras, sabemos que Jesús después de la Resurrección permaneció con sus discípulos hasta antes de subir al cielo. Su presencia fue muy activa; narra el libro de los Hechos: “después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue levantado a lo alto. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles pruebas de que vivía, dejándose ver de ellos durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios” (Hch 1,1-2). El tiempo de Jesús con sus discípulos después de la resurrección fue importante. Antes de dejarlos, los instruyó, los fortaleció y los animó, ahora ellos están preparados para continuar su misión, solo necesitarán recibir la Fuerza de lo alto para dar inicio a la misión.

El texto del Evangelio de hoy, que es el final del Evangelio de san Mateo, nos muestra a una comunidad obediente a las instrucciones de Jesús. Les había citado en un cierto lugar, “un monte en Galilea” (Mt 28,16). Y el texto enfatiza: “donde les había determinado”. Todo tendrá buen inicio, si comienza a vivirse de verdad el sentido de la obediencia a Dios. Sólo quién sabe hacer la voluntad de Dios puede estar seguro que llegará a buen término su misión.

Jesús los cita en Galilea, ellos saben que no caminan solos y allí, en el lugar indicado el Señor se les manifiesta, dice el texto: “al verlo le adoraron; algunos sin embargo vacilaron” (v.17). Como podemos ver, en los mismos creyentes encontraremos a quien vacila y duda, pero esa duda y esa vacilación terminarán cuando todos sean llenos del Espíritu Santo, “Cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

El discípulo está llamado a quitar de su corazón toda duda, turbación y toda vacilación, porque para ser testigos de Jesús, debemos estar plena y totalmente convencidos. Este necesario convencimiento, se realiza y fortalece cuando estamos a la presencia de Jesús. Ver a Jesús y adorarle, presente en medio de nosotros, será el alimento y el signo más importante para estar verdaderamente convencidos de que está vivo. La Eucaristía y nuestra cita cuotidiana con el Señor, nos va trasformando en testigos auténticos de su vida y nos une más con Él.

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