Genio y figura
El valor de un abrazo
Francisco BUENROSTRO
Es Navidad, época que, más allá de su origen religioso o su desmedido afán comercial, nos permite, en mayor o menor medida, compartir momentos con nuestros seres queridos y, en otros casos, sólo por compromiso, pero, al fin y al cabo, es pretexto de reunión.
Con un origen más enfocado en frenar el desmedido mercantilismo que en llamar, verdaderamente, a la reflexión y las muestras de cariño, la Profeco sacó alguna vez el lema “regale afecto, no lo compre” (además de un pegajoso jingle para promover su número de atención al consumidor que, hasta la fecha, resuena en mi cabeza).
Hoy es justo esa frase la que me lleva a reflexionar en el porqué de que la Navidad se haya convertido en una competencia para dar obsequios, que entre más caros, supuestamente, más estimación representan, siendo una ilusión, porque el costo del regalo nada tiene que ver con el significado o aprecio real. Sin embargo, hemos olvidado el verdadero valor de un abrazo, no sólo como un compromiso que cumplir en estas fechas, sino como una auténtica expresión de amor, afecto y empatía.
Un abrazo representa unir corazones de manera simbólica, estrechando lazos afectivos, reafirmando el aprecio mutuo y hasta sellando la promesa de amor eterno, en el caso de los enamorados. Muchas veces ni siquiera se necesita conocer a quien recibe o da un abrazo, como ocurre con “Abrazos Gratis”, un movimiento social iniciado en 2004 por Juan Mann, que se hizo famoso a nivel internacional en 2006 gracias a un video musical de Sick Puppies.
Posteriormente, el movimiento Scout retomó esta esencia con “Abrazos Gratis por la Paz”, un proyecto de la patrulla Águilas Arpías, con sede en Caracas, Venezuela, para transmitir tranquilidad, paz y afecto a quienes lo necesitan.
El valor de un abrazo se define por quién lo da y con qué intención, porque recibir uno en el momento que más se necesita puede cambiar el estado de ánimo e incluso salvar la vida de alguien que atraviesa una situación difícil.
No sé ustedes, queridos lectores, pero los invito a que en esta temporada no seamos tacaños con lo que de verdad importa: no con cosas materiales, sino con expresiones sinceras de afecto hacia quienes más nos importan. Que sean abrazos francos y auténticos, capaces de transmitir un “te quiero”, “me importas”, “cuentas conmigo”.
El verdadero valor de un abrazo puede parecer intangible, pero en realidad trasciende más allá de lo imaginable, porque cuando dos almas se abrazan, realmente no se sueltan jamás.
