Comentario Homilético
Encarnado en el vientre de María para habitar entre nosotros
Mt 1,18-24
Pbro. Jorge Armando CASTILLO ELIZONDO
Hemos llegado al último domingo del tiempo de Adviento, dentro de pocos días celebraremos el misterio del Nacimiento del hijo de Dios entre nosotros, por eso, la Liturgia nos invita a contemplar la figura más importante de este tiempo de la espera, la virgen María. El texto nos presenta junto a Ella, la figura discreta y silenciosa de José, primer destinatario del anuncio del acontecimiento extraordinario de Dios entre nosotros y, sobre todo, primer responsable y custodio de la presencia de Dios con nosotros, Cristo.
Somos conscientes que, en nuestra manera de conocimiento, a través de la percepción de las cosas, necesitamos de signos o realidades visibles y tangibles que refuercen y comprueben la veracidad o falsedad de las cosas. Así pues, desde siempre el hombre ha querido ver a Dios, y por pura misericordia, Dios se fue manifestando de muchas maneras, dice la escritura: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb 1,1-2). La voz de los profetas es el testimonio más claro de un Dios cercano, recordemos que el profeta es llamado por Dios para llevar un mensaje, Dios habla en la voz del profeta, por eso las realidades más importantes dispuso el Señor que fueran anunciadas por estos servidores fieles.
En el profeta Isaías leemos que Acaz, rey de juda, no quiso pedir a Dios un signo de que actuaría en favor suyo, ya el profeta había anunciado que no tuvieran miedo ante la invasión de los enemigos, a lo cual Acaz responde: “No lo pediré, no quiero tentar a Dios” (Is 7,12). Sin embargo, Dios le da un signo, considero yo el signo más bello y la promesa más grande que Dios pudo haber anunciado: “Eh, aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel” (v. 14). Ese signo, esa promesa se ha cumplido y lo constatamos en la narración del Evangelio, María la Virgen, concibió por obra del Espíritu Santo. Si deseáramos de parte de Dios otros signos para creer seríamos insensatos y pondríamos en duda la palabra y la acción de Dios. Que grandes es el hombre cuando hoy repite como Acaz, ¡no pediremos ninguna otra señal, no tentaremos a Dios!
El Evangelio de san Mateo, que se dirige a una comunidad de origen judaica, nos presenta en un breve texto la genealogía de Cristo; de hecho, su evangelio comenzó narrando la genealogía desde Abraham hasta José. Ahora, san José es el vínculo de unión con la nueva genealogía, aquella según el Espíritu. José y su figura paterna era importante en el plan de Dios, su bondad y sobre todo su justicia hizo de él un instrumento idóneo para la misión que Dios le encomendaría. Desposado (prometido) con María, antes que vivieran juntos conoce el hecho de que María espera un hijo, mas no su significado. Podríamos decirlo también que hoy, muchos conocen el hecho: Cristo se encarna en el vientre de María y nace…, pero pocos conocen de verdad el significado de ese nacimiento. El motivo del nacimiento de Cristo es nuestra salvación, nuestra liberación. Cristo no ha venido a ser contado entre una lista infinita de hombres buenos y caritativos (como nos gusta hoy hacerlo), ha venido con una misión específica y su nombre lo recordará siempre y por todos los tiempos. Podría afirmar que cada vez que mencionamos su nombre debemos pensar a la salvación y por ende al pecado que es destruido y eliminado en el mundo y en el corazón del que cree.
Así como José al despertarse, al haber conocido el significado de la presencia de Dios entre nosotros, se apresuró a cumplir con alegría la voluntad de Dios “hizo lo que el Ángel del Señor le ordenó”, que podamos estar dispuestos a que la presencia de Dios sea posible entre nosotros y recibamos a María como la Madre de Dios que nos ofrece al salvador. No podemos dudar ni avergonzarnos de tenerla como madre porque si así fuera, no habremos entendido su importantísima y valiosa misión en los proyectos de Dios. Recibirla a ella es recibir también a Cristo, porque Cristo está en ella y a través de ella Cristo vino al mundo. Que Dios nos conceda docilidad de espíritu para ser obedientes a su voluntad, y encontrar, finalmente en María, los signos que nos llevarán a la salvación.
