Opinion

Comentario Homilético

Cristo fuente de vida y gracia para la eternidad

Jn 4,5-42

Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ

Hermanos, nuestro camino penitencial nos ha llevado a la lucha contra la tentación y a la oración constante que nos trasfigura; este tercer domingo nos invita al encuentro con Cristo y con su gracia, puesto que sólo Él nos puede dar el agua viva. En medio de dudas, angustias, incertidumbres y dispersión, demos un espacio a Dios para que su Palabra pueda alimentar y saciar la sed de nuestra alma. Cristo es nuestro alimento, nuestra fortaleza y nuestro salvador. Y quien tiene la dicha de encontrarse con Él, encontrará el verdadero sentido de la vida y experimentará la saciedad del alma.

El hombre desde que nace, instintivamente tiende al alimento y lloramos cuando no lo tenemos; siendo jóvenes nos preocupamos por él y, finalmente de adultos, nos angustiamos cuando no lo tenemos. Trabajamos arduamente confiando que con la ayuda de Dios tendremos el pan de cada día, y así sucede. La confianza es una virtud indispensable para ver actuar la providencia de Dios; en cambio, el miedo y el temor, nos hace olvidar que hay un Padre bueno «que sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan» (Mt 6,8).

El texto de la primera Lectura, tomado del libro del Éxodo, nos presenta al pueblo de Israel torturado y angustiado por la sed, que reclama a Moisés el haberle sacado de Egipto y dice: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (Ex 17,3). Moisés, como hombre sabio y amigo de Dios, se dirige a Él. Presenta las necesidades a Dios, quién le indica lo que debe hacer para poder ofrecer agua a su pueblo. Es interesante constatar que Dios no envía directamente el agua, sino que se sirve de su siervo Moisés para obrar ese milagro frente a la mirada atónita del pueblo. El pueblo ya no tendrá que dudar si está o no está Dios con ellos.

De igual manera, el Evangelio nos presenta a Jesús que cansado por la jornada de camino se sienta junto al pozo, esperando que alguien pase y le ofrezca agua. Los discípulos, mientras tanto, fueron a comprar alimento. El diálogo de Jesús con la Samaritana nos presenta una segunda respuesta al episodio de las tentaciones: ¿Cuál es el alimento? ¿Por qué no hay que dudar de Dios? ¿A quién hay que adorar? Cristo mediante el diálogo, conducirá a esa mujer samaritana al conocimiento de su identidad y, sobre todo, la llevará a la búsqueda de los bienes mayores, alimento espiritual y bebida espiritual, es decir, hacia sí mismo.

Entre judíos y samaritanos existía una separación muy antigua, desde la división del reino de Israel, después de la conquista de los Asirios 722 a.C., quedando al Norte Samaria como capital, esta fue expuesta, a una mezcla entre razas que fue considerada impura por parte de los judíos y desde ese momento hasta tiempos de Jesús, se mantuvo una hostilidad y división. Por ese motivo, la mujer Samaritana que llega al pozo se pregunta: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Jn 5,9). Ante el rechazo institucional de Israel hacia Samaria, Cristo muestra la apertura y el ofrecimiento del don de la salvación también para ellos. Recordemos, «Dios quiere que todos los hombres se salven». En esta mujer se realiza el recorrido progresivo que debemos hacer para conocer verdaderamente a Cristo.

El encuentro personal con Jesús completa y perfecciona nuestra fe inicial. Este es el punto más alto de la profesión de fe, afirmar que Jesús es el salvador. Este recorrido hacia la fe en Cristo, muchos no lo quieren realizar. Algunos se quedan en un momento: Creer que es un judío (judaísmo), creer que es un profeta (islam), pero otros, nosotros, que llegan a un conocimiento más profundo, creer que es el Mesías (cristianismo). El diálogo nos debe llevar al reconocimiento de la identidad y misión de Cristo, y con Él, al único culto verdadero y espiritual agradable al Padre. La Iglesia, a imagen de la Samaritana, debe descubrirse necesitada de los bienes más altos y debe entrar en diálogo con Cristo para poder no solo desear el agua viva, sino para ser también instrumento para que esa agua llegue a todos los sedientos del mundo. Pidamos al Señor que nos conceda conocerlo de verdad para experimentar todos los bienes que con tanto amor Dios ha dispuesto para todos. Así sea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *