Comentario Homilético
El testimonio, reflejo de nuestra oración y trato con Jesús
Mt 17,1-9
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Hermanos, la liturgia de este domingo nos invita a perseverar en nuestra vida de oración, alentados por el testimonio de Cristo que nos invita a subir a la montaña para orar con Él. La oración tiene una grande fuerza que nos transforma, nos instruye y, sobre todo, nos dispone para poder cumplir con fidelidad la voluntad de Dios. Hoy meditaremos sobre los medios y beneficios de la oración.
Según nuestro modo de pensar y de reflexionar, generalmente, necesitamos de testimonios firmes para poder creer y para saber que es verdad lo que nos dicen, teniendo en cuenta de que allí dependerán muchas decisiones que tomaremos en nuestra vida. Dios, que reconoce nuestras limitaciones, para que nosotros pudiéramos confiar totalmente en Él, ha querido mostrarnos su cercanía de muchas maneras. Por ejemplo, en la primera lectura escuchamos el testimonio sobre el llamado de Abram a quién Dios le habla y le ofrece grandes promesas, con el único requisito de creer y ponerse en camino: «De ti haré una nación grande y te bendecir» (Gn 12,2-3). El centro del pasaje no es Abraham, que se convertirá en padre de muchos pueblos e intermediario de la bendición, el centro del mensaje lo tiene Dios; Abraham no sería nada, si Dios no le hubiera invitado a obedecer su voluntad. La riqueza más grande para Abraham fue comenzar un camino de comunión y de amistad con Dios.
Es obvio que al decidirse por Dios y comenzar a caminar con Él, se nos presentarán muchas dificultades y pruebas; ya lo meditábamos domingo anterior: «Dios prueba el corazón» (Jer 17,10). Lo importante en este momento de unión con Dios es confiar en su presencia constante con nosotros. Abraham tuvo que dejar tierra, patria, casa, y mientras se disponía a obedecer a Dios, y como fruto, Dios le concedió todo eso que había abandonado. Pero, no todo terminó allí, Dios le prometió una patria eterna, una tierra no limitada por confines humanos y una casa no construida por mano de hombre. Las promesas de Dios no se reducen únicamente a favores temporales, no podrían ser solamente eso. Dios es Dios y tiene la capacidad y la posibilidad de dar mucho más, por eso nos da su amor, su gracia, su perdón y la salvación. Esos bienes recibidos por Abraham eran figura de los bienes que un día Dios concedería a toda la humanidad. Abraham, por tanto, se convierte en testimonio y testigo para nosotros de que Dios sí cumple su palabra. De igual manera, Pablo será testigo de que las promesas se cumplieron en Cristo para nosotros y exhortará a sus comunidades a anunciar a Cristo y a no avergonzarse (cfr. 2Tim 1,8).
Los caminos de este mundo los recorrimos con nuestros pasos, el camino hacia Dios con la oración. La oración en la montaña es un signo elocuente. Cristo toma consigo a tres discípulos para subir a la montaña. El texto nos especifica varias acciones de Jesús: los toma y los conduce al monte (v. 1), se transfigura (v. 2), se acerca a ellos y los toca (v. 7), y desciende con ellos (v. 9). Los discípulos no son solo invitados a ver, como simples espectadores, sino que son invitados a tener experiencia de la identidad de Jesús.
Los testigos son aquellos que han visto y oído, pero, sobre todo, son aquellos que han experimentado. Esa es la manera cómo debemos entender nuestra vida de oración con Dios, una vida en la que también nos implicamos personalmente con todo nuestro ser. Muchas veces nos cansamos en la oración porque no sabemos que hacer, y no sabemos para donde mirar; muchas veces estamos distraídos y queremos dar una forma a nuestra oración y se nos olvida que es Cristo el que nos guía, Él es el maestro. Los discípulos entendieron esto y en una ocasión le pidieron: «Maestro, enséñanos a orar» (Lc 11,1). De hecho, en la oración es bien poco lo que nosotros realizamos, es Dios el que nos toma, guía, acompaña, instruye, consuela, anima, etc; lo único que pide es que deseemos estar con Él, que nos decidamos a caminar con Él. Cuando nuestra oración es sincera, Dios no duda en manifestarse a nosotros. La oración es y será el punto de llegada de nuestro caminar, pero también será el punto de partida, puesto que allí da inicio el camino de la comunión con Dios, a partir de la oración retomamos el camino de la vida más fuertes y más convencidos. En conclusión podemos afirmar: ¡Cuánto es importante la oración!
