Comentario Homilético
Los Mandamientos, sabiduría y camino para llegar a Dios
Mt 5,17-37
Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Hermanos, el conocimiento que el hombre pueda tener de Dios en este mundo no es automático, ni inmediato y mucho menos autosuficiente, sino todo lo contrario, es propiciado por el mismo Dios. Los medios, elementos y acciones que nos va revelando, tienen la finalidad de disponernos, primero para conocer su voluntad evitado todo aquello que nos puede alejar de Él y, mediante estas acciones, disponer y preparar nuestro corazón para poder gozar de su presencia eternamente. El camino de unión con Dios comienza, pues, con el cumplimiento de sus mandamientos. ¿en qué sentido cumplir los mandamientos? ¿basta cumplir externamente los mandamientos para ser agradables a Dios? La liturgia de hoy nos dará elementos importantes para poder llegar al cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios y, sobre todo, nos permitirá ser sal y luz para nuestro mundo.
Para el pueblo de Israel, los mandamientos marcan el inicio de su relación con Dios en la que se pone de manifiesto la verdad de las cosas: qué es realmente bueno y qué es malo. El hombre mediante el cumplimiento o rechazo de los preceptos de Dios se encamina o se aleja de Él; leemos en el libro del Eclesiástico: “Si quieres, guardarás los mandamientos, y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras” (Ecl 15,15- 16). La libertad frente al cumplimiento de los mandamientos nos hace responsables de la decisión que queramos tomar. Así pues, siendo los mandamientos expresión de la sabiduría de Dios, serán también expresión de la sabiduría del hombre que los practica.
Lamentablemente, en nuestros días, aquellos que niegan la existencia de Dios se empeñan en hacernos creer que los mandamientos son normas caprichosas que solamente esclavizan al hombre, que lo reprimen y no lo dejan ser libre, pero ¡no es así!, no se dan cuenta que, al contrario, es en el libertinaje el espacio donde el hombre se hace esclavo. El Pueblo de Dios sabía que esos preceptos eran manifestación de la voluntad de Dios. Así pues, por muchos siglos el cumplimiento de los mandamientos de Dios fue celosamente practicado por su pueblo y eso le permitió a Israel comprender que, mediante la práctica de acciones buenas y el rechazo de la maldad, el hombre se dirige por un camino seguro hacia Dios, hasta la manifestación de Cristo.
La presencia de Cristo entre nosotros ha sido la gracia más grande que Dios pudo habernos dado. Ahora, el mismo Dios, que había entregado los mandamientos como medio o camino para llegar a Él, nos envía a su Hijo, que nos presenta el plan de salvación y, sobre todo, nos muestra cuál era la finalidad de lo que Dios hasta ese momento había revelado, incluida la Ley. Hoy el Evangelio comienza con una frase, dice Jesús: “No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Esa afirmación responde a la duda de los fariseos sobre la misión de Cristo; algunos pensaban que venía a negar todo lo que Dios había revelado, o venía a cambiar por capricho las leyes y los preceptos del pueblo. Pero Jesús, responde todo lo contrario: “he venido a darles cumplimiento”, es decir, vengo a que se cumpla la finalidad por la cual fueron dados, quiero llevarlos a su plenitud o a su término.
La finalidad de los mandamientos es la transformación de la vida que lleva a la santidad, o a la santificación. Cumplir obras buenas nos hace buenos y justos, pero esas acciones por sí mismas no nos santifican, debe haber una gracia o fuerza externa que venga en nuestra ayuda y podamos llevar a cumplimiento la voluntad de Dios hasta lo más íntimo.
Procuremos con todas las fuerzas, primero, conocer la voluntad de Dios para nuestra vida, esa voluntad que ha sido manifestada plenamente en su Hijo, y recordemos que en la medida que cumplamos sus palabras y sus preceptos, en esa medida demostraremos el amor que le tenemos y en esa medida experimentaremos su amor que sobrepasa todo límite.
