Opinion

Comentario Homilético

Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ

Con Cristo Luz del mundo, somos luz y sal para nuestros hermanos

Mt 5,13-16

Hermanos, hace apenas unos días, cuando celebrábamos la presentación del Señor, pudimos reflexionar sobre la Misión de Cristo, reconocida por Simeón: “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Luz y Gloria son dos elementos que retomaremos hoy en el Evangelio para dar continuidad a la misión de Cristo en nosotros. No solamente Cristo debe alumbrar a las naciones, sino que también, cada creyente debe irradiar la luz que viene de Dios para los demás; así también, Cristo no es sólo la gloria de Israel, sino sobre todo es la manifestación de la gloria de Dios entre nosotros, que es proclamada por medio de una vida buena y ejemplar.

El hombre a lo largo de los siglos ha sabido interpretar los signos de la luz y de la tiniebla, así como del día y de la noche, dándoles un sentido metafórico, como imágenes que le permiten entender una realidad compleja para el entendimiento. El día se asocia al bien, a la luz, a la vida, a la alegría; la noche en cambio, a la oscuridad, la muerte, el término. De hecho, decimos, nace un nuevo día, cae la tarde, etc. El hombre comprende así aquello que sucede en su corazón, lo que se debate en lucha interior hacia el bien y hacia el mal, obras buenas – obras malas, bondad – maldad. Todas las obras buenas que realizamos, podríamos decir, tienen una luz particular, son visibles aun cuando nadie las pueda ver, aunque sabemos que sí hay quien la ve, y ese es Dios. Por su parte, las obras malas de todo tipo oscurecen y destruyen también al que las practica.

El mal que realizamos es un mal que también estamos haciendo a nosotros mismos; ahora podemos entender aquella frase: “cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes a ellos” (Mt 7,12). O también, no hagas para nadie lo que no quieras que te hagan a ti.

En este contexto, el profeta Isaías, dirige el mensaje de Dios a un pueblo que se debate en esta lucha, y le invita a la práctica del bien, a las obras buenas, o como diríamos nosotros, obras de caridad, para que se manifieste la luz de Dios en la vida del hombre: “Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvé te seguirá.  Entonces clamarás, y Yahvé te responderá” (Is 58,8-9). Si nos damos cuenta, una vida buena es el inicio de un camino luminoso, y sobre todo nos dispone para que Dios nos escuche. ¡Seamos luz y sal para nuestros hermanos!

En nuestros días se insiste mucho en hacer el bien, y de hecho hay quién lo realiza sin tener como referencia a Dios, a eso le llamamos “filantropía” amor por el hombre. Desde un punto de vista más general un humanismo que se preocupa por el ser humano no puede ignorar todo lo que está de fondo a las situaciones de mayor decadencia. Si hay corrupción y maldad frente a nuestros ojos, es porque hay corrupción y maldad en el corazón, allí donde se cultivan las intenciones y que nadie ve. Los síntomas de la decadencia de la humanidad manifiestan que una realidad está actuando silenciosa y los cristianos no podemos ignorarlo.

La luz que Dios nos dio nos permite ver más allá de las apariencias, así como lo ve Dios. Y sólo con la luz de Dios nos daremos cuenta de los engaños y de las desviaciones que lamentablemente nos parecen tan familiares. El cristiano no puede adecuarse al mundo, no puede seguir su mentalidad, no debe ser su esclavo, ya Jesús lo dijo “Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no son del mundo, porque yo al elegirlos los he sacado del mundo, por eso los odia el mundo” (Jn 15,19). Deseemos de verdad como Iglesia abrir caminos nuevos, luminosos y edificantes, para que la misión de Cristo llegue a todos los rincones de la tierra. Sintámonos plenamente convencidos de que una vida buena es una muy valiosa alabanza que elevamos a Dios día y noche. Si damos de que hablar al mundo, de nuestras debilidades e incoherencias, es porque nos hemos olvidado de aquella luz y de aquella sal que Cristo ha traído al mundo y hemos optado por hacer pactos y proyectos que permanecerán siempre estériles.

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