Opinion

Comentario Homilético

La luz de la palabra de Dios acompaña y nutre la vida del discípulo

Mt 4,12-23

Pbro. Juan José GONZÁLEZ SÁNCHEZ

En la vida de la Iglesia, la palabra de Dios tiene un lugar muy especial, puesto que es fuente de revelación y es un tesoro visible que acompaña la vida de cada creyente. Como cada domingo, la palabra de Dios nos prepara para entrar en comunión con el Padre por medio de Cristo y de su Espíritu, pero, este domingo es especial porque a partir de este día, el tercer domingo ordinario de cada año, será dedicado a la Palabra de Dios. Recordar la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida, nos ayudará a valorar su presencia en todos los lugares donde resplandece con fuerza para guiarnos a Dios, desde el corazón, hasta la asamblea litúrgica y desde el inicio de la vida cristiana hasta la madurez.

Una imagen que aplicamos a la Palabra de Dios es la de “luz” (Sal 119,105) que, desde el punto de vista físico, ilumina y da calor. Esta imagen aplicada en sentido figurado nos hace entender que la vida del hombre sin Dios es oscuridad y tiniebla y sólo su Palabra ilumina. Desde la antigüedad Dios ya preparaba a su pueblo para que pudiera acoger la luz y el resplandor que brillan en la persona de Cristo, puesto que sus palabras y sus obras manifiestan el inicio de una presencia real y verdadera de Dios en medio de su pueblo. Pero, el hombre siempre ha querido ver signos, quiere ver el resplandor de Dios para poder creer y, por esa indisposición, se cierra a si mismo la posibilidad de contemplar la luz de Dios que ahora brilla en su Palabra. Cristo, sólo en una ocasión manifestó el resplandor de su gloria, cuando se transfiguró delante de sus discípulos, con la finalidad de prepararlos para los momentos de la pasión, que se acercaban y sobre todo para que contemplaran que la ley y los profetas hablaban de Él (Mt 17,1-5). Cristo nos prepara a contemplar el esplendor de su luz, pero con los ojos del alma y desde dentro del corazón. Por eso, la luz de Dios derramada en el alma de los bautizados nos dispone y prepara para contemplar la luz de Dios en los signos visibles que con tanto amor custodia la Iglesia: La Eucaristía, su Palabra, los sacramentos y la comunidad.

El texto del Evangelio nos presenta el inicio del ministerio de Cristo, Palabra eterna del Padre. La misión del Bautista ha terminado y ahora comienza la manifestación de Cristo, que será por medio de su Palabra. San Mateo trascribe textualmente las palabras de Isaías que ya habíamos escuchado, para mostrar que ahora esas palabras se han cumplido: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz”. Después, Mateo puntualiza: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir” (v.17). Predicar-decir-anunciar, son términos que tiene como objeto la Palabra. Hay un mensaje que tiene que llegar no solo al oído, sino también al corazón, y el vehículo para que esa palabra llegue será la predicación.

El primer mensaje que escuchamos de labios de Cristo, según el Evangelio de san Mateo es: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado”. La conversión, el cambio de mentalidad y con ella el cambio de las actitudes y de la propia vida, es el primer signo visible de la luz de Cristo que llega al Corazón. Hoy celebramos la conversión de san Pablo, y nos recuerda Lucas, en el pasaje de los Hechos de los apóstoles lo acontecido en ese momento: “le envolvió una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” (Hch 9,3-4). Nuevamente el elemento Luz-Voz, marca el inicio de una vida nueva, de una conversión y de un testigo que ha escuchado, ha comprendido y se ha hecho anunciador de la palabra.

Pero nosotros, ¿cómo podemos iniciar ese camino de cambio, de conversión y de iluminación?, lo primero es ponernos delante de la palabra, escucharla, leerla y meditarla, porque sabemos que la palabra de Dios es palabra viva y cuando la escuchamos con fe y con devoción es palabra eficaz. Escuchar la Palabra es el inicio para un cambio de vida.

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