Comentario Homilético
El Espíritu de Dios nos guía al encuentro con Cristo
Mt 3,1-14
Pbro. Jorge Armando CASTILLO ELIZONDO
Hermanos, la preparación que requiere de nosotros el Adviento no se reduce a sentimientos y deseos, es necesario realizar acciones concretas para estar preparados al encuentro con Cristo. Muy a menudo afirmamos que no es fácil realizar obras grandes porque somos débiles, sin siquiera preguntarnos ¿cómo es que yo siendo débil y frágil, estoy llamado hacer obras grandes? La respuesta la encontramos en los textos de hoy, ¿qué debemos hacer? y ¿cómo le podemos hacer para que nuestros esfuerzos sean dignos de Dios?
Vamos a partir de una realidad, el hombre sin el auxilio de Dios batalla y experimenta la imposibilidad de hacer algo bien hecho, no olvidemos que hay una fuerza que ha debilitado su interior y su corazón; por sí solo, el hombre no es capaz de permanecer en el bien y en la verdad. Ahora bien, contemplando este panorama poco alentador, el profeta Isaías anuncia al pueblo los designios de Dios para un día futuro, que ya está proyectado y que llegará. “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh” (Is 3,1-2). En síntesis, nacerá un brote, un renuevo, un descendiente de la casa de David que poseerá el Espíritu de Dios; el texto recalca: “sobre Él “reposará, traerá”.
En enviado de Dios traerá al mundo el orden y la paz en las relaciones con todo el creado, acción que incluye también un juicio, dice el texto: Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud” (v. 4). El enviado poseerá también los instrumentos para instaurar en el mundo la vida nueva. Ese día grandioso y ansiosamente esperado, vendrá y se hará presente el día que nazca Jesús entre nosotros. Todas esas realidades anunciadas en el pasado, ahora son realidad en la persona de Cristo, por eso decimos que Cristo es origen y fuente de toda bendición para el mundo, porque de él brotan para nosotros los dones necesarios para instaurar una vida nueva junto a Dios. Si alguien pretende ofrecer una vida justa, recta, paradisiaca sin Dios, o lejos de Dios, no es propiamente el camino más seguro en cuanto que es inconsistente e imposible.
Un elemento importantísimo que nos presenta este domingo de Adviento es la figura de los mediadores o intermediarios de la gracia. Ya sea que las anuncien, las realicen o las compartan. Hemos dicho que el origen de la gracia es Dios mismo, es Cristo. En este contexto, el profeta Isaías fue un instrumento para hacer llegar la palabra de Dios al pueblo, anunciando los signos de salvación a un pueblo que ha abandonado a su Dios. De igual manera, Juan Bautista, el último de los profetas, anuncia la palabra a un pueblo que se ha apartado de Dios y muestra un camino de esperanza que también comporta el juicio: “Conviértanse porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3,2). La conversión debe ir acompañada de obras concretas y de frutos.
La exigencia de una vida de conversión sería imposible si no tuviéramos la fuerza para realizarlo, pero eh allí la novedad: Cristo, el ungido de Dios, quien posee la plenitud del Espíritu, nos ha concedido esta gracia. Sin embargo, es triste ver hoy tantos bautizados y confirmados que actúan y viven como si no hubieran recibido la vida de Dios, que rechazan y atacan a Dios sin darse cuenta que están cerrando para sí mismos la posibilidad de una vida nueva. Por tanto, el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que hemos recibido, harán que nuestro camino de conversión sea eficaz y, sobre todo, que sea un visible testimonio de los frutos de la vida nueva. Si queremos que la vida de un giro y de verdad comience un tiempo de tranquilidad y de paz, debemos comenzar desde dentro, desde Dios y con la fuerza de su Espíritu.
