Llegando a la casa de nuestra Madre
No existe lugar más seguro en este mundo, que el hogar de nuestra madre, ese sitio en donde sin importar lo que pase en el exterior, sabemos que ahí es nuestro lugar seguro.
Cristina Elizabeth Díaz Morales – Dimensión
Para los católicos, hay varios sitios religiosos a lo ancho del mundo, que se desea visitar por lo menos, una vez en la vida, sitios de peregrinación como es Tierra Santa, algunos santuarios, que sin importar la distancia o sacrificios que implique, la fe es quien guía los pasos y escuchar los deseos del corazón, es lo más importante.
En Turquía, país ubicado en el continente asiático, se encuentra la Casa de la Virgen María, lugar religioso cerca de Éfeso, a siete kilómetros de Selçuk, donde, según la tradición el apóstol San Juan, huyendo de la persecución en Jerusalén, llevó a vivir ahí a la Virgen María tras la crucifixión de Cristo, hasta su bienaventurada Asunción.
La Casa, destino de peregrinos cristianos y musulmanes, se encuentra en la montaña Bülbül, para llegar ahí, es necesario trasladarse a la ciudad de Kusadasi, localizada en la costa oeste del Egeo y una vez que se emprende el recorrido para llegar, será una experiencia única e inigualable, que inundará de paz y de gozo, el corazón de quienes la visitan.

HOGAR DE NUESTRA MADRE
Desde el momento en que llegas al sitio, la emoción comienza a apoderarse de tu persona, no puedes dejar de pensar que estás a unos pasos de ingresar al lugar en donde, según la tradición, vivió sus últimos días la Madre de Dios.
Para ingresar a la pequeña casa de piedra, los visitantes deben hacer una fila, y entrar uno por uno por la pequeña puerta para estar unos breves minutos en su interior; son solo unos minutos en donde sientes, de verdad, el calor materno, en donde sientes, que tu madre te da un abrazo, donde sientes la calidez del amor materno y no puedes evitar que las lágrimas broten como un signo de la alegría de tu corazón.
En el interior de la casa, se encuentra una mesa y sobre ella, una escultura de la Virgen María, que cuando estás ahí, frente a ella, solo puedes rendirte a sus pies, dejar que su amor te envuelva y hacer una oración por los que más amas, por los que ya no están, por quienes te acompañan en ese momento y finalmente agradecer a Dios por permitirte estar en el mismo sitio que alguna vez piso su madre, agradecer por estar en un lugar santo.

La capilla fue construida sobre los restos de la casa de la Santísima Virgen, los fundamentos son de los siglos I y IV. Una parte del edificio es del siglo VII, la última restauración se realizó en 1951
ACOMPAÑANDO EN EL AMOR
Al salir de la casa, ves con otros ojos el lugar, pues lo ves a través del corazón; las personas que llegaron contigo comparten tu sentimiento y si no, los respetan, te brindan un abrazo cálido, lleno de amor, de ternura, y sin pronunciar ni una sola palabra, te dicen todo lo que quieres escuchar: aquí estoy para ti.
A un lado de la casa, junto a los jardines, hay un candelero, en donde los visitantes podrán encender y colocar una vela por sus intenciones, siempre hay personas maravillosas de gran corazón, que si olvidaste llevar una o comprarla en la tienda de artículos religiosos que hay a la entrada del conjunto, lo harán por ti, pequeños grandes gestos que se llevan en el corazón.
Antes de retirarse del santuario, siguiendo el camino que te conduce a la salida, se encuentra una fuente de donde las personas toman agua bendita, también hay muro en donde se pueden colocar en pequeños papelitos una oración por las personas que más amas, las más significativas para tu vida, porque una vez que estás ahí, quieres pedirle a la Madre de Dios, que derrame sus bendiciones para ellas.
Visitar la Casa de la Virgen María, también conocida en turco como Maryam Anna Effi por la arquitectura romana, es una experiencia que marcará tu vida, que marcará tu corazón, tu espíritu, y si lo hace acompañada por la persona correcta, se vuelve en una bendición todavía más especial.

En el siglo XIX apareció un libro titulado “La vida de la Virgen María” según las revelaciones de una religiosa alemana llamada Catalina Emmerich, que sin haber ido al lugar en donde se encuentra la casa, describe con sorprendente exactitud cuanto se refiere a la colina de Éfeso y a la casa donde ella veía cómo iban trascurriendo los últimos años de la Santísima Virgen.
Sobre estas indicaciones se formaron dos expediciones científicas (1891) y al final de sus trabajos encontraron el lugar y las ruinas tal como los había descrito Catalina Emmerich.
